Elixir de gallina con tubérculos andinos y huevo puche o mal llamado Caldo de gallina
Si hay algo que nos levanta hasta de la cama más fría, es el infalible caldo de gallina. Ese elixir calentito, lleno de sabor y tradición, que más de uno ha probado después de una larga noche o en la mañana más fresca de nuestras montañas. Hoy vamos a hablar de este manjar, pero no del común, sino del que lleva tubérculos andinos y su toque final: un buen huevo puche, como lo llaman los europeos.
Desde hace tiempos inmemoriales, el caldo de gallina ha sido el remedio infalible de las abuelas colombianas. “No hay mal que por bien no venga”, dicen, y así mismo, cuando el cuerpo pide tregua, un buen plato de caldo es la cura para todo, desde una simple gripe hasta el famoso "guayabo" que, para qué negarlo, nos ha visitado a todos alguna vez.
La base de este elixir es simple, pero poderosa: una gallina bien criada, de esas que corren libres y se alimentan con lo mejor que ofrece la tierrita. Se deja cocinar a fuego lento, mientras suelta todos sus jugos en una olla donde ya esperan los tubérculos andinos: la papa criolla, la sabanera y, si hay suerte, una buena arracacha que le da ese saborcito dulce que no se encuentra en cualquier parte.
El truco, como bien lo saben las cocineras expertas, está en darle su tiempo a la gallina para que saque lo mejor de sí. No es cosa de apresurarse, como diría mi tía: "La paciencia es madre de todas las virtudes". Mientras hierve, el caldo se va llenando de esa sustancia espesa que calienta el cuerpo y el alma. Y para rematar, no puede faltar el famoso huevo puche. ¿Qué sería de un caldo sin ese huevo apenas cocido, con la yema suavecita que se mezcla con el caldo? Es la cereza en el pastel de este plato.
Aquí en Colombia, el caldo de gallina no es solo comida, es tradición, un plato que se sirve con cariño y que trae consigo recuerdos de casa, de familia y de compartir en la mesa. Para muchos, es sinónimo de recargar energías, como cuando sales de un paseo largo o después de una fiesta de esas donde la música y la charla se alargan hasta el amanecer.
No hay receta única para este caldo. Cada familia tiene su toque especial, pero lo que nunca falta es la sazón, la buena disposición y ese amor que se le pone a cada cucharón. En algunas regiones, le agregan cilantro fresco, en otras un poco de mazorca o plátano, pero siempre, siempre, la esencia es la misma: un plato para el alma, reconfortante, que nos recuerda que en la vida, lo simple es lo más delicioso.
Así que ya lo sabes, cuando el frío cale en los huesos o el cansancio te tenga tumbado, busca una buena olla y prepárate un elixir de gallina con tubérculos andinos y huevo puche. No hay pierde, y como bien dicen por aquí, “Barriga llena, corazón contento”.



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